Ser deseable no es cuestión de kilos de más, centímetros de menos ni medidas perfectas.
Nos venden estándares de belleza imposibles de alcanzar, pero la verdad es que ser deseable no tiene nada que ver con centímetros ni kilos. El deseo va de energía, de la manera de ocupar el espacio, de asumir el propio cuerpo y de vibrar. Una mirada, seguridad, una forma de ser plenamente una misma... eso es lo que lo cambia todo. La trampa es que, al buscarse defectos sin parar, una acaba por impedirse vivir. Se prohíbe ponerse esa lencería bonita diciéndose que no tiene el cuerpo adecuado, pospone el libertinaje por miedo a la mirada de los demás, o se bloquea ante un trío por miedo a ser juzgada por la tercera persona. Nos autosaboteamos y nos perdemos muchísimos placeres y fantasías por complejos que a menudo solo existen en nuestra cabeza.
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