Más allá del espejo: el arte de volver a aceptarse
Llevaba años amueblando la habitación, silencioso e implacable. El espejo. Para muchos, no es más que un simple objeto cotidiano; para otros, es el escenario de un cara a cara temido, un juez austero ante el cual la mente proyecta sus dudas, sus heridas y sus complejos.
Durante mucho tiempo, el primer reflejo vislumbrado al pasar pudo ser doloroso. Una sombra proyectada, una silueta percibida a través del filtro deformante de nuestros propios juicios. La tentación de apartar la mirada suele ser fuerte, tanto duele la confrontación con la propia imagen.
Y entonces llega el momento en que uno decide detenerse. De dejar de huir.
Cuando uno se toma el tiempo de posar la mirada, sin prisa, la luz cambia. La penumbra se suaviza y deja paso a lo que siempre ha estado ahí: la autenticidad de un cuerpo con su historia, sus líneas, su textura y su memoria. Los motivos grabados en la piel, el movimiento natural del cabello, la suavidad de una curva... Todo se vuelve el testimonio vivo de un recorrido.
Mirar el propio reflejo al natural en fototerapia no es buscar la perfección tal como la exige la sociedad. Es aprender a hacer las paces con la propia imagen. Es transformar el espejo: de tribunal exigente, pasa a ser un espacio de aceptación, revelando la belleza cruda, vulnerable y profundamente humana de lo que somos.






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