WishPride
Iniciar sesiónCrear cuenta
Avatar de @DarkSweet
DarkSweet
@DarkSweet20 jul

Nuestra primera noche en un club swinger: cuando no pasa nada... y aun así todo cambia

Me llamo Vicky y soy libertina desde hace ya tres años. Sin embargo, cuando pienso en nuestra primera noche en un club swinger con Adrien, durante unas vacaciones en Valencia, no es una aventura espectacular lo que me viene a la mente. Es sobre todo esa adrenalina en el estómago, justo antes de empujar la puerta. Hasta esa noche, el libertinaje seguía siendo solo una idea. Un fantasma del que podíamos hablar con calma, lejos de la realidad. Pero una vez delante del club, todo se volvía concreto. Recuerdo haber estado muy excitada, pero también completamente impresionada. Me preguntaba si nos sentiríamos en nuestro lugar, si conoceríamos los códigos y si los demás entenderían enseguida que éramos principiantes. Antes de entrar, habíamos hablado de lo que aceptaríamos o no. Al final, decidimos no prohibirnos nada de antemano, sino empezar simplemente observando. No queríamos llegar con un programa o una lista de cosas por hacer. Queríamos escuchar nuestras sensaciones y dejarnos la posibilidad de avanzar, bajar el ritmo o no hacer absolutamente nada. Adrien me dijo aquella noche una frase que resumía perfectamente nuestro estado de ánimo: íbamos a dejar todas las puertas abiertas, sin obligarnos a cruzar ni una sola. En la entrada, le explicamos a la anfitriona que era nuestra primera vez. Pensábamos que quizá se limitaría a indicarnos el guardarropa y dejarnos apañarnos solos. Al contrario, se tomó el tiempo de enseñarnos todo el club. Nos mostró la barra, la pista de baile, las distintas zonas y los rincones más íntimos. Luego nos presentó a dos o tres personas con las que pudimos hablar más tarde esa noche. Ese simple recibimiento hizo caer gran parte de nuestra aprensión. No teníamos que fingir ser una pareja libertina con experiencia. Podíamos hacer preguntas, observar y descubrir el lugar a nuestro ritmo. Las primeras conversaciones también nos sorprendieron por lo normales que eran. Hablábamos de Valencia, de nuestras vacaciones, del ambiente del club. Nadie nos preguntaba de forma brusca a qué habíamos ido. Nadie nos pedía demostrar nada. Después empezamos a explorar por nuestra cuenta. Fuimos a mirar los rincones de caricias, donde algunas parejas vivían su intimidad bajo la posible mirada de los demás. Al principio estábamos un poco torpes. Intentábamos mirar sin dar la impresión de estar fijándonos, entender lo que sentíamos sin ponerle necesariamente palabras. Muy pronto, sin embargo, mi atención volvió a Adrien. Recuerdo haber pensado que estaba mirando a las parejas a nuestro alrededor, pero que sobre todo sentía su presencia cerca de mí. Su mano, la forma en que me besaba, su mirada... todo parecía más intenso. Nos besábamos, nos acariciábamos y una tensión fue creciendo poco a poco entre nosotros. Las otras parejas no nos daban necesariamente ganas de unirnos a ellas. Simplemente cambiaban la forma en que nos mirábamos y nos tocábamos. Más tarde, Adrien me confesó que habíamos ido para observar a los demás, pero que, a medida que avanzaba la noche, tenía cada vez más la sensación de redescubrirme. También bailamos mucho. Llevábamos conjuntos que probablemente nunca nos habríamos atrevido a lucir en una discoteca normal. Y, sin embargo, paradójicamente, me sentía menos expuesta. Había miradas, por supuesto. Había deseo. Pero no encontramos ese ligoteo insistente ni esos comportamientos pesados que a veces se pueden ver en un club convencional. Nadie parecía considerar que un conjunto sensual, una sonrisa o un baile fueran automáticamente una invitación. Iba vestida de una forma mucho más atrevida que en un club tradicional y, aun así, me sentía mucho más tranquila. No tenía la sensación de tener que protegerme constantemente o apartar a alguien. Esa noche descubrimos un lugar donde parecían posibles más cosas, pero donde no parecía exigirse nada. Habíamos pagado la entrada, pero no habíamos contraído ninguna obligación. Podíamos mirar, hablar, bailar y volvernos juntos. Esa ausencia de presión probablemente hizo la noche aún más intensa. Como nadie intentaba empujarnos, podíamos seguir con curiosidad. Como sabíamos que podíamos irnos en cualquier momento, nos daban ganas de seguir explorando. Desde fuera, alguien podría haber dicho que no había pasado nada. No habíamos intercambiado nada con otra pareja. No habíamos vivido esa historia espectacular que muchos imaginan cuando hablan de un club swinger. Sin embargo, esa frase habría sido completamente falsa. Habíamos cruzado una puerta que unos meses antes nunca habríamos imaginado abrir. Habíamos descubierto nuestras reacciones, nuestros límites, nuestros deseos y una nueva manera de mirarnos. Estábamos rodeados de posibilidades, pero la persona a la que más deseaba seguía siendo la que había entrado a mi lado. Tres años después, aquella primera noche en Valencia sigue siendo esencial en nuestra historia. Me enseñó que una noche libertina exitosa no se mide por lo que uno ha hecho con los demás. Entramos en ese club para observarlos. Salimos mirándonos de otra manera. Vicky, libertina desde hace tres años